Pérdidas y desperdicios alimentarios (PDAs): el rol de las incubadoras en su identificación y valorización
Por Sandra Ríos Núñez – Mentora Incubadora Chrysalis – Investigadora asociada CREAS PUCV
Las pérdidas y desperdicios alimentarios (PDAs) se han instalado con fuerza en la discusión sobre la sostenibilidad de los sistemas alimentarios. FAO estima que a nivel mundial se pierde el 13,3% de los alimentos entre la postcosecha y antes de llegar al comercio minorista. Por su parte, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) estima que otro 19% de los alimentos disponibles para los consumidores se desperdicia en hogares, servicios de alimentación y comercio minorista, equivalente a 1.050 millones de toneladas en 2022. En América Latina y el Caribe, FAO calcula que las pérdidas alcanzan el 11,6% de los alimentos producidos, unos 220 millones de toneladas al año, con un costo económico cercano a US$150.000 millones anuales.
En Chile conocemos solo parcialmente esta realidad. El país cuenta con una Comisión Nacional para la Prevención y Reducción de las Pérdidas y Desperdicios de Alimentos, coordinada por ODEPA, que articula a actores públicos, privados, académicos y de la sociedad civil. Si bien existen estudios y mediciones en productos, cadenas y territorios específicos, todavía no contamos con una estimación nacional que permita dimensionar las pérdidas y desperdicios de alimentos a lo largo de todo el sistema alimentario. La propia Comisión ha puesto entre sus prioridades mejorar la información disponible y avanzar en metodologías de medición. Esta brecha es particularmente relevante cuando queremos hablar de valorización: necesitamos identificar qué se pierde, dónde se genera, en qué cantidades y en qué condiciones.
Por lo anterior se hace necesario identificar, localizar y caracterizar. Identificar qué pérdidas, desperdicios y subproductos se están generando, localizar dónde se encuentran y caracterizar sus volúmenes, estacionalidad, composición, condiciones de generación y costos actuales de manejo. Pero tampoco se trata de hacer inventarios interminables. Lo importante es reconocer aquellos PDA que, por su volumen, recurrencia, impacto ambiental, costo o potencial de aprovechamiento, pueden ser especialmente relevantes para determinados sectores de la economía.
Es aquí donde existe un espacio muy interesante para las incubadoras de negocios. Durante años hemos entendido su trabajo principalmente desde el emprendimiento, una persona tiene una idea, llega a una incubadora y comienza un proceso para transformarla en un negocio. Ese rol sigue siendo fundamental, pero la posición que ocupan hoy las incubadoras dentro de los ecosistemas de innovación permite pensar en una función bastante más activa. Una incubadora se vincula con empresas y emprendedores, con universidades y centros de investigación, conoce proveedores tecnológicos y participa de redes públicas y privadas. Esa posición le permite entrar a determinados sectores productivos, identificar PDA relevantes y levantar desafíos de innovación en torno a ellos.
Pensemos en un subproducto que una industria agroalimentaria genera regularmente y que hoy representa un costo de manejo o simplemente termina perdiendo valor. Si sabemos cuánto se genera, dónde está, en qué época del año aparece y cuáles son sus principales características, podemos comenzar a hacer otra pregunta: ¿existe una alternativa tecnológica y económicamente viable para aprovecharlo? Ese cambio de pregunta es importante. El PDA deja de ser solamente un residuo que debemos gestionar y comienza a ser un recurso sobre el cual podemos innovar.
Hay experiencias que muestran ese tránsito. ABCycle, apoyado por Chrysalis PUCV, trabaja en la valorización del orujo de uva mediante biotecnología. Smart Reactor desarrolló una solución para transformar residuos orgánicos mediante compostaje automatizado. Ambas muestran que un flujo que ha perdido valor puede convertirse en una oportunidad tecnológica y productiva.
El desafío es que estos procesos sean más sistemáticos. Chrysalis puede identificar PDA relevantes y convertirlos en desafíos de innovación, formulando el desafío y convocando capacidades para abordarlo.
En nuestros territorios existen capacidades productivas, científicas y tecnológicas que no siempre están conectadas. Las incubadoras pueden identificarlas, conectarlas y articularlas en torno a desafíos.
Esto es especialmente relevante en territorios agroalimentarios. Sectores como el lácteo, pesquero y acuícola, hortofrutícola o cárnico generan flujos diversos. Algunos podrán dar origen a ingredientes, insumos, materiales, procesos o productos; determinarlo requiere investigación y evaluación de viabilidad.
En síntesis, existe una oportunidad productiva: transformar una materia prima de bajo valor en un nuevo producto o proceso que reduzca residuos y genere actividades y capacidades en el territorio. Las incubadoras pueden ser catalizadores de valorización, conectando PDAs con capacidades científicas, tecnológicas y productivas. La pregunta, entonces, es: ¿qué nuevas posibilidades de desarrollo productivo podríamos abrir si lográramos convertir los PDAs en desafíos de innovación?